“Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu”
Efesios 2:20- 22

El día de Pentecostés el Espíritu Santo vino ala Iglesia de esta manera, ella llegó a ser “morada de Dios en el Espíritu”. El Espíritu Santo igualmente hace su morada en cada creyente (2 Timoteo 1:14; 1 Corintios 6:19). Estas dos moradas, aunque muy unidas, deben distinguirse bien.
Las bendiciones que resultan de la morada del Espíritu en el creyente son muy preciosa. No obstante, las que se relacionan con su morada en la Iglesia conducen a un terreno más elevado; el del cuerpo de Cristo, el de la unión de los creyentes con Cristo y entre ellos. El Espíritu es un poder de unidad: “Por un solo Espíritu fuimos todos bautizados… y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1 Corintios 12:13; ver también 2 Corintios 1:21- 22)
El Espíritu permite el armonioso funcionamiento del cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:11). En particular; él promueve una dulce comunión entre los santos (Filipenses 2:1) y crea en ellos un poderoso amor que es la base de todo servicio (2 Timoteo 1:7)
Después de haber expuesto los hermosos resultados de este amor manifestado por la liberalidad entre los creyentes, el apóstol Pablo exclama: “¡Gracias a Dios por su don inefable!” (2 Corintios 9:14- 15). Por cierto, ese don inefable es el Señor Jesús, pero también lo es el don del Espíritu para cada creyente y para la Iglesia, una ”superabundante gracia de Dios”, de la que somos beneficiarios.