“Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.”

Juan 8:36

Se cuenta la trágica historia que sucedió hace mucho tiempo en el Morne Brabant, montaña del sur de la isla Mauricio, cuyos acantilados son casi verticales.

Unos esclavos huyeron logrando escalar sus vertientes e instalaron una pequeña comunidad en la cumbre poblada de árboles. Vivieron en aquel lugar muchos años, alimentándose de jabalíes, monos, frutas y miel silvestre.

En 1832, todos los esclavos de la isla fueron liberados. Una compañía de soldados fue a dar la noticia a la comunidad del Morne Brabant… ¡y qué drama! Los antiguos esclavos, pensando que nuevamente serían privados de la libertad, se echaron al mar desde centenares de metros de altura, prefiriendo la muerte.

Esta trágica historia recuerda la situación de muchas personas actualmente. El Evangelio liberador todavía es proclamado a los hombres, esclavos del mal, pero la desconfianza hacia las intenciones del Dios de amor y el desconocimiento de su gracia les impiden conocer y recibir esta buena noticia. Entonces siguen siendo esclavos, personas infelices y condenadas a una muerte eterna. Y usted, amigo lector, ¿no desea ser libre y feliz? Todo el que acepta el perdón de Dios es declarado libre, liberado porque Cristo pagó su rescate.

“El Espíritu del Señor está sobre mí (dice Jesús), por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos” (Lucas 4:18).

“Ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y… la vida eterna” (Romanos 6:22)