Antes un recién nació siempre sentimos cierta moción y admiración.
Así sucedió con los pastores cuando Jesús nació. Ellos habían sido
advertidos por un ángel que el niño que iban a encontrar acostado en un
pesebre de Belén, la ciudad de David, era el Salvador, el Cristo, el
Señor. Al verlo se maravillaron y glorificaron a Dios.
Sentimos la
misma admiración al leer este pasaje. Estamos ante una belleza sublime,
pero no podemos penetrar en el ministerio de este nacimiento. Dios tenía
que hacerse hombre, según las profecías, es decir, pasar por el proceso
que vive todo hombre desde el nacimiento hasta la edad adulta.. El
ministerio de Belén, el niño Jesús, es la manifestación de un hecho
único que sobrepasa todo conocimiento humano, la encarnación de Dios, es
decir, Dios hecho hombre. Jesús es el Hijo de Dios. Es la base de la fe
en Jesús, el Salvador del mundo. Jesús es plenamente hombre y
plenamente Dios.
El hecho de que Jesús se haya rebajado de tal modo
que se lo conozca como “el niño de Belén” o “el hombre crucificado del
Gólgota”, no se opone al hecho de que sea el todopoderoso. Al contrario,
Jesús, el Hijo de Dios, es la verdadera revelación del poder y del amor
divinos.
¡Qué bella prueba de amor por parte de Dios:vino a vivir
entre los hombre bajo la forma tan frágil de un recién nacido! La
encarnación de Dios es el camino del amor divino hacia el hombre. Para
nosotros es un motivo de adoración: Jesús, el “verbo fue hecho carne, y
habitó entre nosotros” (Juan 1:14)